Y no, no podía ser de otra forma.
La Maestra Ciruela
otra vez mandó fruta, confundiendo autoridad con impunidad, nos obliga a
digerir todo tipo de diatribas proferidas con esa petulancia engolada propia
del ignorante con aires de pontífice de ungüentos y panaceas. Nos referimos,
claro está, a la presidenta que la
Argentina tiene por desgracia padecer (y como víctima de un
maleficio particularmente ensañado y persistente, su padecimiento ha sido largo
pero largo lo será aún más).

En su discurso con la imagen del Edificio de Bienestar Social de la 9
de Julio atrás, con la imagen de Eva
Perón que le sirve de fondo desde que “padeció” el cáncer trucho a
principios de año. Para completar la escena mortuoria, la sufriente Pasionaria platense persiste en sus vestiditos
negros, ahora transfundidos también en el atuendo de Axelón (al que ella le
dice Alex, y Asís lo apoda “el Gótico”) y sus mefistofélicas patillas. En ese
clima de velorio, permanentemente quebrado por un sollozo andreadelboquiano, en
verdad el negro no desentonaba si se lo evocaba como el color del petróleo
crudo.
Ese petróleo que pertenece al Estado (y a los Estados provinciales)
desde siempre, y que bien se podía explotar creando una nueva empresa del
Estado o poniendo en marcha eficazmente a ENARSA (la que algunos llaman
“Enfarsa”), para sacarla del engorro de triangular fuel-oil contaminante con
azufre entre Venezuela, Angola, Argentina y vaya-a-saberse-quién-más, alquilar
aviones para que viajen en él insólitos gorditos venezolanos con valijas llenas
de dinero, etc. Esa ENARSA que Él mismo, cuando la creó, amagó con emplearla
con ese propósito, el de volver a tener una petrolera estatal.
Porque las rutas aéreas pertenecen al Estado, como el subsuelo minero
y petrolero también. La
Historia juzgará si es necesario, oportuno, conducente e
idóneo expropiar líneas aéreas quebradas y con gigantescas deudas y petroleras
con miles de millones de dólares de deuda y pocos activos, para explotar esas
rutas aéreas y esos subsuelos mineros y petroleros que ya son del Estado. La Historia, o alguien menos
pelotudo que nuestro concierto unánime de fin de fiesta, evocará esta nueva
publicización de deuda privada, que se paga, naturalmente, con nuestros
bolsillos.
Cuando nuestros bolsillos estaban flacos, el discursito vampirizador
apelaba al “sacrificio compartido”, y así nos dejamos pulverizar los ingresos
con la devaluación asimétrica y la inflación galopante. Con los bolsillos un
poco más gordos de billetes basura impresos por brasileros, holandeses o
vaya-a-saberse-quién, ahora el “relato” nos habla de “solidaridad”.
Quizás por haber visto alguna película sobre la vida de Lech Walesa, o tal vez alguna película
polaca de Krysztof Kieslowski, o tal
vez haberse liquidado una Wódka Wiworowa sin hielo como en la película Blanc, tal vez evocando a esos “polacos
pata sucia” de nuestro Nordeste, con un inflamado Moreno (gajes bipolares de los cinéfilos y
vaya-a-saberse-quiénes-más), la presidenta arriesgó una etimología de la
palabra sindicato, haciéndola nacer del sustantivo abstracto solidaridad.
Como siempre, arriesgó y dijo pavadas. La palabra “sindicato” deriva
de “síndico”, y ésta del latín syndicus
(abogado y representante de una ciudad). Asimismo, el latín la toma del griego sýndikos (defensor, miembro de un tribunal
administrativo), que viene de dyké (justicia),
con el prefijo syn- que expresa
colaboración.
Muchas conclusiones se pueden sacar de la etimología y, considerando
con Unamuno la trascendencia del
idioma, puesto que pensamos con palabras, de un ejercicio libre (pero
responsable y concretamente sustentado), podemos establecer:
1) La más sencilla derivación: que el sindicato es defensor de los
sindicalizados, ante los avances de los no sindicalizados, de otros
sindicatos, de la patronal y, fundamentalmente, del Estado, que es con
su totalitarismo regulador y su creciente intromisión en las actividades
económicas, siempre el último
empleador, y por ello, el gran
empleador.
2) Las ciudades latinas fueron las primeras corporaciones que conoció
la humanidad, a partir de una interesante innovación jurídica de los romanos,
que extendieron su pax más allá de Roma comprendiendo a las demás urbes, cada una como un
todo orgánico representado colectivamente en función de intereses comunes a sus
ciudadanos. Resultan el antecedente de los principios de empresa comunitaria y
Estado comunitario planteados en el siglo XX cuando todavía se permitía espacio
a la imaginación de alternativas al capitalismo. Si el syndicus era el representante de una ciudad, luego era por supuesto
el representante de una corporación de Derecho público. Los sindicatos o
gremios surgidos en la Edad Media
tomaron ese estatus jurídico sobreviviente desde el Derecho público romano, y
desarrollaron sus actividades como corporaciones. El éxito que esas corporaciones
tuvieron en la contención humana, el desarrollo de lazos sociales espontáneos y perdurables, el
mutualismo, la formación y la calificación, y la garantía de calidad de los
trabajos y obras de arte, llevó a Émile
Durkheim a postular la necesidad de su recreación en la edad moderna, para
paliar los efectos terribles de la destrucción de los cuerpos intermedios que
había provocado la revolución burguesa, sometiendo al individuo indefenso y
atomizado al poder totalizador del Estado, en cualquiera de sus concepciones
(tecnocrático, mínimo y prescindente, máximo y absorbente, etc.). Nuevamente,
los cuerpos intermedios, corporaciones o sindicatos, emergen –ahora, desde su
añoranza e inexistencia, durante todo el siglo XIX, y luego desde una lucha
denodada por posicionarse y evitar su aniquilamiento-
como protección y defensa del individuo frente al Estado.

3) La acepción griega, alude a los fueros propios, a la
capacidad de autorregularse y autogobernarse, que es otra garantía frente al
poder y la tendencia avasallante del Estado. Por eso el Estado, si se trata de
un Estado responsable y respetuoso de la actividad sindical, debe limitarse a legislar
las bases que permitan luego a los sindicatos funcionar autónomamente. Para
ello, es fundamental garantizar la unidad de la representación gremial, que
implique que el ejercicio de la democracia sea real, que los trabajadores se
expresen colectivamente dentro del sindicato, en lugar de permitir a las
disidencias minoritarias sacar los pies del plato, hacer rancho aparte, y
generar múltiples divisiones y facciones, núcleos cada vez más reducidos y
sectarios, sin legitimidad ni capacidad de construcción de acción sindical
(mutualista, con múltiples beneficios concretos y materiales a los afiliados,
así como contención a la familia del trabajador, educación y actividades
recreativas; gremio viene del lat. gremium: seno y regazo), sino sólo de obstrucción y propagación de vocaciones
disgregatorias y anarquizantes. Puede observarse en esta última tendencia
señalada el mismo afán aniquilador de la actividad sindical, del cuerpo
intermedio, que el señalado en la experiencia socialista. En ambas
perspectivas, el individualismo soteriológico es, más allá de cualquier
colectivismo transitorio y dictatorial (dictadura del proletariado), el fin
último aspirado.

4) Finalmente, la composición en dos términos de la palabra sýndikos, expresa el concepto de justicia social, término antitético del
de igualitarismo social propio del marxismo y de la socialdemocracia. Este
último propugna una total indiferenciación, no sólo en el punto de partida
(como sí han propuesto algunas visiones socialistas no marxistas, tales como la
propuesta de supresión del instituto de la herencia por el propio Durkheim)
sino en todo el decurso vital y en los resultados. Mientras que, dentro de esa
línea, algunos confían en una autorregulación social espontánea (tanto el
marxismo en su aspecto salvacionista una vez cumplida la utopía de la
sociedad-sin-clases, como el anarquismo y el anarcoliberalismo, con sus mitos
del mercado absolutamente puro y del fin de la historia); otros exigen una
permanente acción correctiva del Estado, con el auxilio de “observadores”,
comisarios y las clasificaciones efectuadas por la burocracia del partido único
(socialismo real; claro está, generando una nueva cisura clasista entre el
pueblo oprimido “igualado” en la miseria y la nomenKlatura que goza de los
beneficios del Estado).
En cambio, la justicia social
puede ser ejemplificada, por la transcripción a contrario de los eternos versos del inmortal Enrique Santos Discépolo, pregonero y entusiasta defensor del
justicialismo: Nada es igual, hay algo
mejor; no es lo mismo ser derecho que traidor, ni es lo mismo ser generoso que ser estafador, ni es lo mismo ser un ignorante, que un sabio o que un chorro, ni es lo mismo un burro que un
gran profesor; debe haber aplazados y
debe haber escalafón; no se puede
igualar hacia abajo, poniendo como rasero a la ignorancia.
La justicia social se entronca, claramente, con la tradición gremial,
que es jerárquica (aprendiz, artesano, maestro), que premia el esfuerzo, el
sacrificio y la superación, que considera los años continuos de trabajo como
una experiencia y como un reconocimiento de la valía, y que diferencia entre el
agremiado y el no agremiado, y más genéricamente, entre el que trabaja y el que
no trabaja, y dentro de esta última categoría, entre el que no trabaja porque
no puede del que no trabaja porque no quiere.

Genéticamente enraizado en la versión más decapitadora de la Revolución
Francesa (François
Furet), el marxismo es enemigo mortal de las corporaciones, a las que
entiende obstáculos para la destrucción de toda instancia de contención entre
el individuo y el Estado, o sea, para la entronización soberana del capitalismo salvaje, que es bajo cuyas
injusticias donde puede prosperar el único invernáculo propicio para generar las famosas condiciones revolucionarias.
Determinista y mecanicista, el materialismo dialéctico sabe que para llegar a
la dictadura del proletariado deben llevarse adelante todas las etapas previas
señaladas, al punto que el propio Marx ha señalado la necesidad de que el
régimen de castas de la India,
por ejemplo, dé paso al capitalismo para luego a partir de su impugnación,
emergidas las “contradicciones”, llegare el comunismo a redimir a la humanidad
entendida como un cúmulo indiferenciado de individuos. Paradoja o no, el
comunismo realmente ha logrado tomar el poder en forma real (no parlamentaria y
condicionada por la democracia) en países en los que el capitalismo no había
triunfado, casi ni siquiera había aparecido tímidamente en pequeños bolsones
aislados: Rusia, Cuba, China, Vietnam, Angola, Mozambique…
Como reflejo setentista, entonces, el bodrio ideológico medio
izquierdizante, un entero burgués, un cuarto nacionalista,
de los políticos profesionales que no han sabido vivir de otra cosa desde hace
más de tres décadas, lleva a que mecánicamente se enuncien vocablos que con
asignación peyorativa previa, otorgada en el fragor de batallas demodées, saben que pueden comunicar
emociones y conectar prejuicios con la caterva de aplaudidores de banderas
variopintas que se concentra a escuchar a la pitonisa entrando en trance zomba.
“En contra de las corporaciones”, entonces, pasa a ser una suerte de código de
afinidad con los universitarios barbados que leen bibliografía sesentista
(todavía) en nuestras universidades públicas. Y que son también, por ese
zanganato subsidiado por los que no tienen tiempo o dinero para estudiar, y por
las colocaciones en el sector público con que se premia la militancia,
invariablemente también, empleados del Estado. Y que constituyen, por supuesto,
la única corporación admisible en el panorama anticorporativo. Porque ya lo vio
Foucault microfísicamente, el poder que se derriba es ocupado por el poder
derribante. No existe antipoder, y por eso hay que ser sumamente cautos a la
hora de adherir a discursos de demolición.
En fin, la docencia ciruelina se concretaba en ese aserto: “Sindicato
no viene de corporación, viene de solidaridad” (repite 3 ó 4 veces, en un tono
cada vez más alto, más lloroso y emotivo, reemplazando con el teatro de Luis Buñuelo la calidad y veracidad de
lo que se afirma).
Pues no, ya lo hemos visto, sindicato viene de representación de una
corporación (un cuerpo profesional y sus familias formado para ayudarse y
defenderse mutuamente de los avasallamientos de terceros, y sobre todo, del
Estado), viene de justicia social, viene de defensa de un grupo con una
particularidad diferenciante (el trabajo) frente a la indeterminación
igualitaria, que pone en el mismo marasmo tibio al lumpen, al zángano, al
parásito, al especulador, al político profesional, al científico y al
ignorante, al que se esfuerza y al que se burla de ese esfuerzo, al que vive de
ese esfuerzo y al que mata para quedarse con ese esfuerzo.
La palabra solidaridad,
viene del latín sollicitus
(solícito), y éste de sollus (entero,
unidad) y citus (que es movida/o).
Alguien que es solícito, entonces, responde a la solicitud de un tercero, es
movido (modernamente se reemplaza por el neologismo movilizado), su actitud es pasiva, el agente es exterior y distinto. La solidaridad
en el ámbito sindical, que es una de sus características desde siempre, sólo
puede producirse dentro del mismo sindicato, para con los hermanos trabajadores
y sus familias, por solicitud del
propio sindicato. La solidaridad es un aspecto, nada más, de un todo mucho más
amplio orgánico y complejo, que es el sindicato, cuya definición está en el ser
sujeto, y por tanto solicitante,
antes que solícito.
Vayamos al diccionario,
para cegar de una vez por todas esta nueva subversión
semántica:
Sindicato: Asociación de trabajadores
formada con el fin de promover y desarrollar la defensa de los intereses
económicos y profesionales de sus asociados.
Sindicalismo: Movimiento o sistema de
organización obrera o social por medio de sindicatos, que se ocupa de los
intereses de los obreros.
O sea, que un sindicato debe defender los intereses de sus asociados,
y el movimiento sindical, los intereses de los obreros.
La solidaridad en la actividad sindical debe darse dentro de esos
márgenes, que resultan particularmente críticos, puesto que trasgredirlos puede
significar defraudar los alcances de la representación.
Los sindicatos no pueden ni deben ser solidarios con los empresarios
del transporte y sus subsidios, con las empresas de energía y sus subsidios, con
las empresas estatizadas y sus enormes deudas y déficits, con los planes
sociales para los no sindicalizados, con los agujeros negros que forman la
evasión y el comercio y el trabajo ilegal, con los costos de la política, con
los clubes de fútbol, con la escuderías del turismo carretera, con los canales
y medios oficiales y paraoficiales, con las casas de fin de semana y los autos
de los funcionarios, con los viajes de placer de los funcionarios, con los
helicópteros y las amantes, y las fiestas de 15 de las hijas de los
funcionarios, etc., etc.
Unos impertérritos, tal vez estólidos Caló y Viviani (debía
haber más, a ésos los vi ponchados por la
TV), escuchaban sin pestañear la bajada de línea, la lección
de etimología sui géneris y muy
acomodada, por cierto. Habrá que ver (el tiempo lo dirá) qué pensaban mientras
tanto.
El único que por ahora está diciendo lo que piensa es Hugo Moyano. Algunos
dicen que tardó demasiado, pero por lo menos tiene el coraje de ponerse
enfrente cuando las papas queman, en las inmediaciones ya perceptibles del
ajuste, en vez de empacar y volver a su casa envuelto en los laureles de tantos
aumentos salariales y convenios colectivos. Refiriéndose a los planes sociales y
la emergencia insólitamente inacabable en la Argentina (dictada en
enero de 2002, el kirchnerismo la ha prolongado, por ahora, hasta el 31 de
diciembre de 2013, por 11 años nada menos, en forma ciertamente contradictoria
con la machacona propaganda de sus propios logros), el líder sindical argentino
dijo dos días atrás:
“En su momento estuvo bien, pero
no debe ser un hábito porque lo que verdaderamente dignifica es el trabajo.
Quienes reciben un plan son prisioneros para ir a las movilizaciones”.
Para empezar a separar la paja del trigo, porque no todo es lo mismo,
porque no todo da igual, porque no todos somos iguales, porque si somos iguales
ya no somos. Somos distintos, sí, somos distintos.